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‘Santa Perpetua’, de Laila Ripoll: teatro con ética

Comienza la temporada de otoño en el auditorio Pilar Bardem este sábado (21.00) con 'Santa Perpetua', escrita y dirigida por Laila Ripoll. 'Rivas Cultural' la entrevistó.

'Santa Perpetua', de Laila Ripoll: teatro con ética

Entrevista: Nacho Abad Andújar (publicada en el ‘Rivas Cultural’ de septiembre).

Es una de las figuras más relevantes del teatro español actual. En 2010 escribió y dirigió ‘Santa Perpetua’, un texto que abre ahora la temporada de otoño del auditorio Pilar Bardem (sábado 1 octubre, 21.00: entradas, 12 euros, aquí). Se trata de una obra que cierra ‘La trilogía de la memoria’, compuesta por ‘Atra Bilis’ y ‘Los niños perdidos’.

Quienes gusten del teatro de Laila Ripoll (Madrid, 1964), también pueden acercarse al Teatro Compac Gran Vía, de Madrid. Allí se representa su último montaje: ’La asamblea de las mujeres’, de Aristófanes, con el que acudió al Festival de Mérida.

¿De qué quiso hablar cuando escribió ‘Santa Perpetua’?

De la memoria en un país de desmemoriados.

¿Memoria histórica? Fundamentalmente.

De desaparecidos, pero no sólo de España, sino en todo el mundo. Y de la cantidad de gente a la que fueron a buscar, no vuelve nunca y parece que no han existido.

¿Y cómo lo aborda en la obra?

La protagonista es una bicicleta, propiedad de un desaparecido, que ha pasado a manos de sus asesinos. En eso se simboliza lo que pasa en este país desde la Transición. Uno de los países que menos ha revisado su pasado. Se nos llena la boca hablando de Argentina o Guatemala, y aquí estamos como estamos. En Guatemala, por ejemplo, la asistencia psicológica a las víctimas -a las familias de los desaparecidos- la paga el estado. Y es un país muy pobre. Aquí, para empezar, no se puede hablar ni siquiera de víctimas porque no es políticamente correcto. Parece que es un tema del que te tienes que avergonzar.

En la promoción de esta obra apenas se habla de la memoria. Se incide más en el tema de Santa Perpetua, la vieja encamada.

Si quieres mover esta función, hay determinados ayuntamientos en los que no puedes hablar de la memoria. Entonces se encuentran luego con el pastel y se lo comen. Pero no puedes decirlo abiertamente porque hay censura. Estoy muy satisfecha con este texto. Creo que es lo mejor que he escrito. No hay nada en él que pueda ofender. Y nada a lo que alguien se pueda agarrar para decir que le están agrediendo. Y eso no era fácil con el tema que hablamos. Y es un texto muy objetivo. Las cosas sucedieron como sucedieron. Lo demás es hacer política ficción.

‘Santa Perpetua’ cierra una trilogía.

Empezamos con ‘Atra Bilis’, probablemente la obra menos política de las tres. Seguimos con ‘Los niños perdidos’, que pone el dedo en la llaga, habla de nombres y apellidos, de falangistas como Pilar Primo de Rivera [hermana de José Antonio y fundadora de la sección femenina de Falange], salen camisas azules, yugos y flechas, y habla de los huérfanos cuyos padres fueron asesinados Y con ‘Santa Perpetua’ cerramos esta serie que hemos llamado ‘Trilogía de la memoria’.

Esa trilogía explora territorios míticos de España, al estilo de Comala o Macondo.

En ese sentido se trata de obras que tienen mucho que ver con el universo de Juan Rulfo o con el realismo mágico de García Márquez, porque retratan a la España más auténtica, la que hemos heredado de nuestras abuelas. En mi caso, cuando hablaba con ellas siempre salía a relucir la guerra, porque a esa generación le partió la vida por la mitad, y en muchos casos se la destrozó para siempre.

Ser nieta de exiliados condiciona.

Marca hasta el punto de que mi madre tiene tal desarraigo que no sabe de dónde es. Ella creció en Tánger, donde llegaron sus padres en 1946. Mi abuelo, que pasó dos años en un campo de concentración en Medinacelli y en la cárcel de Porlier, fue represaliado. Al salir de prisión se encontró con cuatro hijos y sin trabajo. Un amigo le ofreció empleo en Tánger. De donde, de nuevo, tuvieron que exiliarse en los años sesenta tras la independencia de Marruecos. Ese pasado marca. De pequeña, mi abuela me contaba todas esas historias.

¿Por qué interpreta un hombre a Santa Perpetua?

Porque la historia se la debo al actor, Marcos León, que me habló de Cecilia, un personaje que conoció en Ciudad Rodrigo. Una mujer que, probablemente por un desengaño amoroso, en determinado momento se encamó y decidió no levantarse nunca más. Marcos hace mucho trabajo de campo y etnografía. Por eso trabajamos juntos, y mis montajes tienen una presencia muy fuerte de lo popular, lo tradicional y lo etnográfico. Y en uno de sus viajes conoció a Cecilia, que, a pesar de estar ciega, se conocía la vida de todo el pueblo hasta el extremo de que los carteros, cuando no sabían una dirección, se la preguntaban a ella. Mantenía charlas con los canónigos de la catedral. Y los novios, al casarse, se hacían la foto en el templo y con ella. Era una especie de monumento vivo. De esta historia tan fascinante nació la obra.

Se estrenó en la edición anterior del Festival Madrid Sur, con quien usted mantiene una estrecha relación.

Yo tengo devoción por José Monleón [director del festival]. Fue profesor mío en la RESAD [Escuela Oficial de Teatro de Madrid] a mediados de los ochenta. No todo el mundo tiene la suerte de tener maestros. Yo he tenido varios, y uno de ellos es Monleón. La palabra es ésa, devoción. Siempre hemos colaborado todo lo que hemos podido con el Madrid Sur.

¿Qué representa para la escena madrileña ese certamen?

Este festival lleva el teatro a los municipios. Esa apelación al sur implica toda una declaración de principios. Monleón siempre ha tenido una decidida vocación iberoamericana y mediterránea. Mientras otros sólo miran culturalmente de Pirineos para arriba, Madrid Sur indaga en otros lugares que tienen mucho que ver con nuestra cultura. No hay ningún festival como éste que se preocupe de los países de África ni de Iberoamérica. Y además tiene un compromiso ético fuera de lo común. El teatro está necesitado de ética.

Y de ‘Santa Perpetua’ a ‘La asamblea de las mujeres’ de Aristófenes. ¿Tienen algo en común?

Muy poco. Aristófanes es refrescante. No se puede estar toda la vida sufriendo, y sobre todo en verano. Tienen en común el eje mediterráneo, trabajar con un texto de 2.500 años y darte cuenta de que los chistes siguen siendo muy graciosos.

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